Adiós a otro amigo
Escribo poco en este espacio, no más de dos o tres veces por año. La idea es escribir sobre tecnología y otras cosas, pero en una ocasión escribí sobre el recuerdo de un amigo que se fue. Hoy repito el plato.
Alejandro Javier Rodríguez Michelini falleció en la noche de este miércoles 17 de febrero, en un lamentable accidente en la Rambla de Montevideo. Era mi amigo y socio. Nos asociamos para algunos emprendimientos porque siempre estábamos en la misma sintonía en el enfoque de los temas tećnicos y laborales. De este mutuo entendernos salió el sistema Xenius, software de aplicación desarrollado para apoyo a la gestión instituciones educativas, que está instalado y funcionado en algunos colegios privados de Montevideo.
Era técnico en electrónica, egresado de ORT. Previo pasaje de un año por Facultad de Ciencias Económicas, terminó recibiéndose de Ingeniero en Informática por la Católica e hizo un brillante MBA (maestría en dirección de empresas) también en la UCU. Como si fuera poco y no tuviera casi nada que hacer, ya estaba pensando en el doctorado. ¡Qué fenómeno!
Era técnico de calle, no sólo de título. Trabajó unos años en una empresa importadora de impresoras, representante de marcas importantes. Así que anduvo recorriendo organizaciones como técnico, reparando máquinas. Llevaba en el alma esa condición de tuerca, porque le gustaba arreglar las cosas, con su caja de herramientas, su téster, su soldador de estaño. El sábado 13 de febrero estuvo en casa para nuestra reunión semanal. El enchufe donde quería conectar su portable parecía que hacía un falso contacto y ya preguntó como siempre: ¿Tenés un destornillador? ¡Claro que tenía! Él hubiera desaprobado que no tuviera buenas herramientas en casa. Tenía varios y le di a elegir. Si elogiaba tus herramientas, era todo un cumplido. Caminando por la calle, se quedaba detenido unos minutos en las vidrieras de las ferreterías, mirando taladros, pinzas, llaves. Había que apurarlo, a veces. No exagero nada.
Pero, como yo le decía, se fue del hardware para el software. Yo lo empujé a eso ofreciéndole su primer trabajo como desarrollador. “Yo te saqué del lado oscuro de la fuerza”, le decía para tomarle el pelo. Así que fue administrador de bases de datos de una importante empresa financiera, estuvo un par de años en un proyecto de reingeniería de procesos y aplicaciones de una importante droguería, y también hizo algunos trabajos de desarrollo de aplicaciones para algún instituto de enseñanza, contratado por un proyecto del BID.
Le gustaba estudiar más que casi cualquier otra cosa. Era profesor de la Católica y de la UM. Le gustaba la docencia. Le encantaba, más bien. Siempre me estaba comentando de cómo había estado pensando en dar tal o cual tema, que había pensando tal ejercicio para plantear a los alumnos, que había estado repasando esto y aquello. Yo lo veía siempre tan entusiasmado, que le decía que dejara el trabajo profesional para dedicarse a la docencia y la investigación académica. Los alumnos lo querían. Se notó esto en el velatorio. Estaban los de las dos universidades. Él los recordaba a todos.
Iba a más, siempre. Nada de cosas hechas a ponchazos. Tenía una cruzada personal contra la mediocridad. Ese era de los aspectos que más inculcaba a sus estudiantes. El mediopelo le molestaba.
Nos conocimos en el año 90. Yo retomaba los estudios universitarios ya casado y con dos hijos. Él tenía unos tres meses de casado con María José. Cuando uno se mete en una patriada como iniciar la Universidad con trabajo y familia en simultáneo, tiene que buscar alianzas estratégicas con personas que estén en condiciones comparables. Nuestra alianza funcionó muy bien. Cuando había que empezar a estudiar, armar equipo para un trabajo obligatorio o lo que fuera, él me decía: “Roselli: ¿Tamo’ ahí?
Yo estaba muy oxidado cuando retomé la universidad, así que algunas cosas me costaron un montón. De entre las peores, recuerdo la asignatura Introducción a la Electrónica Digital, que a pesar de la brillantez del docente, que era el Profesor Pablo García, yo no daba pie con bola. Alejandro la había revalidado, por supuesto, pero no me iba a dejar de a pie. No sé cuántas noches dedicó a explicarme el cáculo de las mallas y yo qué sé. No sé la cantidad de veces que soñé con el Teorema de Thévenin. María José, su esposa, profesora de Física, también apoyaba. Esa, como otras, se la debí un tiempo largo. Una vez pude devolverle algo, dándole una mano en temas en los que me sentía más seguro. Igual tengo mi saldo en rojo.
Compartíamos el gusto por la música, por tocar la guitarra, el ajedrez, el buen cine, Les Luthiers, de quienes nos hemos copiado mutuamente cassettes, CDs, DVDs. Quería aprender a cantar, decía. Así que, sabiendo que mi madre y mis hermanas están vinculadas al canto, me pidió cien veces que le recomendara un profesor o profesora de canto. Yo le tomaba el pelo y le decía que no perdiera ni hiciera perder el tiempo, que no tirara la plata…
Era generoso y dispuesto. Siempre. Nunca tenía inconvenientes en que te subieras a su auto para llevarte a donde fueras. Él iba hacia Carrasco pero siempre se podía desviar unos kilómetros. El sábado 16 de enero me iba de vacaciones y el viernes 15, la tarde antes, se me rompió el auto. Mi mecánico, por suerte, me consiguió un auto alquilado así que resolví el problema y me fui de todos modos. Pero mi primer impulso fue llamarlo, en verdad. Era mucho molestarlo, porque hubiera tenido que levantarse temprano un sábado de mañana y hacer unos cuantos kilómetros, pero sé que no me hubiera dejado colgado jamás. Por suerte para él, no fue necesario. Cuando le conté, días después, el problema que había tenido, me dijo lo que me decía siempre: “Roselli: ¿estás buscando que te golpee?”. Lo que equivalía a “¿Por qué no me llamaste de inmediato?”. Como no quería que me golpeara, le dije que sí había pensado en él. Era cierto.
Queda mucho por decir y ya se dirá de alguna manera. En julio pasado falleció mi esposa Gabriela y todavía tengo el recuerdo de sus palabras y del abrazo que él me dio en el cementerio, después de enterrarla. Igual que María José, la quería mucho y estaba muy conmovido. Por ahora y para abreviar, voy a contar una anécdota que nos une.
Con tantas horas que compartimos en mil y una ocasiones, teníamos nuestras bromas privadas, nuestros “chistes internos”, que tenían orígenes diversos. Una noche estábamos preparando un parcial de Sistemas Operativos, leyendo el Rueda. Los compañeros de la Facultad saben quién es Rueda y lo recordarán con una sonrisa. Era una de esas noches en que María José nos esperaba después de la Facultad, pasadas las diez y media de la noche, en aquel apartamento donde vivían que era de los padres de Alejandro, en la calle Paraguay entre Mercedes y Uruguay. Nos hacía algo de comer, cenábamos y ella se despedía para dejarnos estudiar un par de horas. Aquella noche en especial, leíamos cada cual en su libro y en un momento yo lo miré al darme cuenta de que su cabeza estaba más inclinada de lo que sería normal; como si en realidad estuviera leyendo o mirando algo en su cintura, a la altura del cinturón o del ombligo. Se había quedado dormido, ahí sentado. Le toqué ligeramente el hombro y le dije: “¡Loco, te estás leyendo el buzo!” Se despertó, nos reímos unos minutos y nos despedimos. Desde entonces, quedó establecida la regla de que “No vale leerse el buzo”, que era como decir que si estábamos cansados, pues a dormir.
Hace poco, el jueves 11 de febrero, nos reunimos con Alejandra Fernández, Directora de la empresa Éxito, con el objetivo de trazar un plan de negocios para este año. Nos reímos de algunas cosas y él sacó el tema de que teníamos veinte años juntos. A ella le sorprendía que nos reíamos de las mismas bobadas y él dijo algo así como que eran muchos años de conocernos, “muchas noches de leer buzos”. Ella me miró sin entender y yo le dije que eran bromas antiguas nuestras. Ahora queda aquí revelado el secreto.
Es triste pensar en cómo un accidente termina con la vida de una persona de 44 años. Tengo un cierto sentimiento de rebeldía, pero no le presto atención. Yo lo conocí y tuve el privilegio de su amistad y su compañía. Me quedo con eso. Cosas que le regala la vida a uno. Ya lo extraño y quiero recordarlo de la mejor manera, riéndome de aquellos “chistes internos”, y hago el esfuerzo por borrar todo sentimiento de tristeza, porque soy hombre de fe y sé que él está con el Padre. No quiero que desde el Cielo el Negro me diga: “Roselli: ¿estás buscando que te golpee?”.

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